Y el arquitecto se fue en metro el día en que el barrio cumplió 50 años

Hace un año se celebraba los 50 años de Montbau, barrio del norte de Barcelona, y la Explanada estaba llena de gente, como en todas las celebraciones del barrio. Es nuestra plaza mayor.

A propuesta de los vecinos, y con la coordinación de los responsables políticos y técnicos del distrito de Horta-Guinardó, se han ido reurbanizando algunos de los espacios públicos. Se programó la remodelación del Pla de Montbau, conocido como la Explanada, haciéndola coincidir con la conmemoración de las bodas de oro de la unión entre barrio y vecinos. El criterio de la actuación fue el de máximo respeto al proyecto original, no sólo por la autoría de los arquitectos, sino por respeto a la memoria e identidad que supone ese lugar para los vecinos.

El hecho es que allí estaba el alcalde Jordi Hereu y su séquito, en la tarima montada para la ocasión, en la parte de arriba de la Explanada, junto al remozado estanque. Tomaron la palabra políticos, el técnico responsable de la reurbanización y el entonces presidente de la asociación de vecinos. Entre la gente, y para no perder la ocasión y siendo fieles a su responsabilidad, un grupo de vecinos de la segunda fase reclamaban que se siguiese mejorando las plazas y jardines de esa parte del barrio. Hasta ahí todo previsible.

Entonces presentan a uno de los tres arquitectos responsables del plan urbanístico y de alguno de los edificios del barrio, Xavier Subías Fages (Guillem Giràldez Dàvila y Pablo López Íñigo son los otros dos autores). El arquitecto de unos ochenta y tantos años en su breve discurso agradeció a los vecinos, a los políticos y a los técnicos que han hecho posible que el espacio público siga teniendo ese valor de relación social que allí era evidente.

Al acabar los parlamentos los vecinos acuden alrededor del alcalde en parte para reivindicar y en parte para pedirle autógrafos. El coche oficial y la agenda esperaban al séquito como si fuera un artista de rock que debía escapar del concierto. Y detrás de la tarima una señora de aspecto amable y edad avanzada parecía esperar a que el revuelo pasase y llegase alguien de ese barullo. Era la esposa de Xavier Subías y Lola y yo nos acercamos a ella y nos presentamos ofreciéndole ayuda por si la necesitaba. La señora reaccionó con cordialidad y rápidamente llegó el Sr. Subías que tenía ganas volver a casa y descansar de una situación a la que por su edad es probable que ya no esté muy acostumbrado. Ya sin gente alrededor, cruzamos breves palabras de admiración por nuestra parte y le ofrecí de nuevo compañía para salir de allí. Xavier Subías y señora, con palabras cordiales, insistieron en que no era necesario. Era sorprendente la cantidad de coches y personas que había alrededor del alcalde y me parecía extraño que a la persona más relevante del lugar nadie le prestase atención. Nos despedimos de la pareja de nuestros admirados mayores y no pude evitar quedarme mirando hacia donde se dirigían.

Caminando desde la parte baja de la Explanada pasaron por delante del portal del edificio Zurbarán, proyectado por él, y se quedaron mirando unos instantes hacia el vestíbulo. Después caminaron hacia la Ronda de Dalt y al llegar a la acera la mujer se acercó al bordillo y miró buscando un taxi. Sin embargo, Xavier Subías, sin esperar, iba en dirección de la parada de metro de Montbau, sin atender a los gestos de su esposa que le recriminaba. Al llegar a la escalera de bajada me fije en la cara contrariada del arquitecto del barrio al ver la de peldaños que estaba a punto de bajar. La mujer abandonó la idea del taxi y se resignó a acompañar a su marido antes de que cayera rodando.

Xavier Subías levantó la cabeza y descubrió a unos 10 metros la caja de vidrio del nuevo ascensor del metro y allí que se fueron, picaron al botón, esperaron que apareciese la cabina, entraron, se giraron mirando hacia el barrio y descendieron hasta desaparecer de mi vista.

Me quedé un rato recordando la situación e intentando ponerme en la piel de esa pareja que, después del agradecimiento de los vecinos del barrio y la parafernalia del séquito político, desparecieron modesta y sencillamente, en transporte público y bajo tierra. Esta simple anécdota significó para mí otra silenciosa lección de Xavier Subías: como arquitecto, su urbanismo y su arquitectura, y como persona, su conducta.

Lola y Fidel, vecinos de Montbau, arquitectos.

Septiembre de 2011

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