Vall d’Hebrón, un acompasado latido al margen del hospital

artículo de 7 de noviembre de 2008 en el Master de Periodismo BCNY

Por Lydia Larrey

Los bloques de edificios rodeados de jardines se levantan como pequeños islotes en los barrios de la Vall d’Hebrón y Montbau. Reina la calma en unas calles compartidas a media mañana por el camión de reparto de butano, ancianos que andan lentamente ayudados por el bastón en una mano y la bolsa de tela con varias barras de pan en la otra además de un ir y venir de conductores buscando aparcamiento antes de ir al hospital. Parece que la zona aún no ha despertado de un largo sueño, pero es la realidad del área más tranquila del distrito de Horta-Guinardó.Un reguero de gente sale por la boca de metro de la Vall d’Hebrón; gran parte de ella es absorbida por el hospital, mientras que el resto se desdibuja subiendo las empinadas cuestas hacia Montbau o, en dirección contraria, hacia el Parc de la Vall d’Hebrón.
Dos barrios que podrían ser uno solo si no fuera porque están separados por la Ronda de Dalt, “como un muro de Berlín que nos aísla”, señala Pilar Fernández, vecina desde hace más de 30 años.

La eliminación de esta frontera viaria es una de las reclamaciones históricas de los cerca de 12.000 vecinos que allí habitan, pero, tal y como señala el consejero técnico del Distrito Horta-Guinardó, Pere Nieto, se trata de una intervención implanteable a corto plazo, no solo por el coste que conlleva, sino porque hay otras infraestructuras subterráneas, como el metro, que condicionan el soterramiento de la vía.

Agapantos, jazmines, ciclámenes… los parterres que rodean los abigarrados bloques de cuatro plantas, idénticos los unos a los otros, parecen el único rasgo de identidad que se permite unas construcciones que se iniciaron en el año 1956 al amparo del Patronato Municipal de la Vivienda y con el respaldo de un proyecto “modélico” de los arquitectos Xavier Subias, Giraldez y Pedro López que preveía 1300 viviendas. Cooperativas militares, de Guardia Urbana, taxistas y de obreros se encargaron de la construcción hasta mediados de los 60, finalizando el plan con un total de cerca de 2300 pisos, sobrepasando la cifra inicial.

Los niños con la mochila al hombro andan en pequeños grupos a la salida de los colegios. Los jardines Pedro Muñoz Seca, Montbau y Frida Kahlo cobran vida hasta bien entrado el anochecer. Las madres forman pequeños corros mientras observan de reojo a sus retoños encaramados en las estructuras de cuerda y colores chillones.

En el Parc de la Vall d’Hebrón, aún hoy se construye, aunque no a gusto de todos. Los peones de la promoción inmobiliaria de Can Travi, del Patronato de Vivienda, dan los últimos retoques a unos pisos que ya estaban adjudicados antes de comenzar las obras. Éste ha sido el último frente de oposición de la Asociación de Vecinos del Parc de la Vall d’Hebrón que se ha visto excluida del proyecto y ejecución de la obra.

La sensación de ahogo es mayor que en el vecino Montbau. Los edificios son más altos y se asientan sobre unos pilares que conforman laberintos de oscuras galerías, espacios vacíos de losetas grises. Esta dinámica la rompe lo que fue la Vila de la Premsa, hoy denominada Nou Vall d’Hebrón, cuatro bloques de blanco inmaculado que forma una colmena habitable articulada en línea recta que encierra la plaza Joan Cornudella.

Concebida con una mentalidad más moderna, en los bajos se han instalado tiendas, aunque no parece que hayan pasado 16 años desde su construcción, ya que muchos locales están vacíos evidenciando la dificultad del pequeño comercio de arraigar en la zona. Lavanderías, zapaterías y otras empresas echan el cierre después de unos meses sin verse arropados por unos habitantes que han de desplazarse a Horta para obtener estos servicios.

Un grupo de adolescentes se ampara bajo las galerías, rodeados de botellines de cerveza vacíos. Charlan a la intemperie, ilustrando la falta de  áreas de ocio juvenil actuales: tiendas, cine… “la Vall d’Hebrón nunca ha tenido”, cuenta Pilar Fernández, vocal de urbanismo de la Asociación de Vecinos de la Vall d’Hebrón, al tiempo que lamenta que los que hoy viven en el barrio no son tan reivindicativos como antes.

La noche es cerrada y las mamás recogen los juguetes esparcidos en la arena del parque, al tiempo que reclaman a los niños que ya es hora de marcharse. Las luces del hospital iluminan el lateral de la Ronda de Dalt que continúa su trasiego de vehículos. Ajenos a ello, en las escalinatas que esconden los bloques de Montbau, los gatos se cruzan con el goteo de figuras que regresan del trabajo, mientras en el bar de la Asociación de Vecinos un hombre con un puro en la boca reparte las cartas para jugar la última partida de Remigio antes de ir a casa a cenar.

El otro Vall d’Hebrón
El Parc Vall d’Hebrón parece olvidado. Pasarelas y escalinatas de hormigón, que un día fueron los accesos a las flamantes instalaciones deportivas construidas para los Juegos Olímpicos, sobresalen sin lógica aparente sobre áreas de grama descuidada. El silencio lo rompe el trasiego de camiones, máquinas perforadoras y peones que se esconden tras un cúmulo de casetas prefabricadas en medio del paisaje árido, resultado de los trabajos de construcción de la variante de la línea de metro L5.

En lo alto, se distingue un manto gris que esconde en sus entrañas el depósito municipal de coches y el aparcamiento de trenes de la L3. Popularmente se le da el nombre de “la losa”, la cual en unos años dejará de ser gris. En un primer proyecto se propuso el traslado de “Els Encants de Glòries”, pero ante la negativa de los comerciantes se descartó, así que finalmente el espacio será ocupado por el mercado de Vall d’Hebrón, en lo que será una de las pocas intervenciones de cierta envergadura del Distrito de Horta-Guinardó en la zona en esta legislatura.

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